Amores en el anochecer

Recuerdos de melancolía, esbozos de un ayer no muy lejano es lo que veo a través del cristal de la ventana de mi habitación. Una habitación pequeña, tan pequeña que cabe poco más que una cama de noventa centímetros de ancho. Llueve, llueve a cántaros y no sé encontrar razón alguna el porqué. Entre el vaho formado por el contraste de la temperatura y la humedad, dibujo en el cristal, todo de símbolos, desde el hippy, hasta un corazón. Un corazón roto por aquellos que yo les brindé mi amistad y no supieron aprovecharla. Ellos se la pierden, no todo el mundo se la puede merecer ni tiene derecho a ella y menos, aquellos que vislumbran sombras en vez de luces en sus corazones.

Llueve, llueve mucho y las ráfagas de viento hacen que las gotas parezcan que vengan lanzadas desde una ametralladora. Que duro es vivir solo y más siendo tan joven, tan joven pero ya soy experto en temas de soledad, tanto, que no tengo amistad alguna, solo un sinfín de conocidos que me alegran un poco las penas, esas mismas que intento no ahogar ni en vino ni en cerveza, ya que ello me haría bajar en caída libre y sin paracaídas, dándome de golpe contra el duro suelo de la realidad más completa. Prefiero vivir en mi mundo, un mundo de música y fantasía que me alegra el día por completo.

No todos son penas, a mi joven edad, también salgo de vez en cuando, en que sea a tirar la caña a alguna bella muchacha, una de tantas que me haga y nos haga disfrutar del momento, pero eso sí, con las ideas claras. Yo no he venido a este mundo a enamorarme y formar familia alguna. Ya que bastantes quebraderos de cabeza tienen uno, como para ir trabajando para mantener y vestir a ciertos vástagos a los que cuidar, al menos hasta que son mayores de edad y puedan por ellos mismos valerse y trabajar. Yo soy uno de tantos solteros, cuál el más egoísta, pero me da igual y si me miran raro no es mi problema.

Os preguntaréis como me gano la vida, para conseguir ser yo mismo, pues es muy simple, entré como aprendiz en una fábrica textil catalana y ahí sigo trabajando. Llevo ya tres años y telar a telar, voy aprendiendo el oficio. El lugar está lleno de chicas guapas, es cierto, he tenido muy buena suerte y tengo un buen trabajo y buena compañía femenina. Pero, ojo, no todo son alegrías, ya que me conocen mis correrías, así que nunca a ninguna embauco con mi sonrisa. Más de una ha salido angustiada y hastiada de ver como después de lo después, sigo con mi ritmo de trabajo, sin ver eso que llaman mariposas en mi estómago. Será por lo que será, pero soy así, no soy fácil de conseguir.

Suena la sirena y encima es primero de mes, así que hoy podré pegarme un buen capricho, una buena cena y quién sabe que más de lo dicho. Solo digo, solo palabreo y entonces como no conozco ni mmi propio nocturno destino no me cabreo, solo mi instinto me lleva a recorrer después de cenar, las calles de mi querida Barcelona. Es todo casual, pero me veo paseando por una avenida bien conocida de la ciudad. Todo son de bares y pubs, ¿dónde entrar?, me pregunto yo. Para mí mismo me digo, son locales de ambiente, pero de un ambiente diferente al que yo estaba acostumbrado. Dado por la curiosidad entro en uno de ellos y pidiéndome una cerveza, observo, no hay nada malo y todo es de respeto. Solo que solo veo a hombres y más hombres, no hay chica alguna, ni sirviendo copas las veo por ningún lado. Los lavabos son como son, no hay de chicas, solo uno para todos es lo que hay. Me bebo la cerveza de tres tragos y cuando voy a salir se me acerca uno de tantos, un hombre algo más mayor que yo y apoyando su mano izquierda en mi hombro, me pregunta…

–       Hola muchacho, ¿no eres de por aquí?, no te tengo visto.

Se me acelera el pulso y con ello me tiemblan las manos…

–       Sí, vivo cerca de aquí, lo único es que no estoy acostumbrado a entrar en locales de solo hombres.

–       No te preocupes, la primera vez siempre cuesta, tómate una cerveza que te invito yo.

Haciendo una señal con la mano, llama a Javier, el dueño del local y me pone una birra. Estuvimos hablando largo rato, ya en la despedida, me da su número de teléfono y se me despide con dos besos. Salgo del local un poco confuso y pensativo, era la primera vez que entraba, ha sido mi primera vez y no sé si será la última, ya que me guardo el papel con su número escrito en la cartera y sigo caminando.

Luces de fiestas hasta el amanecer del sábado, ha sido un viernes largo y a la vez corto, ¿cuántas cervezas me bebí?, ¡uhm!, he perdido la cuenta. Pero no solo eso solo he perdido, también el pudor y la virginidad en algo que era tanto tabú como es el tema que me lleva a pensar. En cómo era yo antes y cómo poco a poco lo de ser tímido y pensar que yo pudiera ser uno más de los tantos, me llevara a una transformación interior que me alberga dentro de mi interior y es que hay un espacio en este pequeño mundo y a la vez tan escabroso y tan grande. Como saber que iba a acabar en cierta discoteca, entrando en lugares oscuros y que la curiosidad me llevara al conocimiento de algo que descansaba en mi alma, esperando que yo le diera la oportunidad de manifestarse.

Miro la hora en el reloj de la mesita de noche y veo sorprendido que marca las once de la mañana, pero mayor aún es mi sorpresa cuando miro para el otro lado y veo un chico de más o menos mi edad, durmiendo. Me vienen muchas preguntas a la cabeza y entre una de ellas, como no puede ser otra, la sexual. ¿Habré mantenido sexo con él?, a saber. Tampoco no hay nada malo, lo único que no es lo más normal en mí. Entonces y solo entonces, pongo los dos pies en el suelo del piso y me dirijo hacia la cocina. Pienso y pienso, está burbujeando el café, cuando le veo, veo su silueta en el marco de la puerta.

–          Hola corazón. Me dice, mientras se rasca la cabeza.

–          Perdona, ¿cómo te llamas y cómo hemos terminado juntos en la cama?

Se hace en una carcajada, mientras se me acerca y con vaso en mano, me dice que le acompañe al comedor. Sentados me coge de las dos manos y me dice, me comenta, que bebimos unas copas, de las copas a los besos y de los besos a algo mas. Que yo no paraba de reír y sonreír, cogidos de la mano paseamos por las ramblas a mitad de la noche. Entonces y solo entonces surgió la idea y que a mí me pareció una buena, el subir a mi casa. De lo demás no me habla, que queda en secreto de las sábanas blancas de la cama de 90’. Solo me dice que soy un encanto y que le gustaría verme otra vez, al mismo tiempo que soltándome las manos me acaricia la cara con la palma de esta. Yo no salgo de mi asombro, pero le digo que sí, que podemos vernos y quién sabe. Me apunta su número en una servilleta de papel, “Rodrigo”, Rodri para los amigos. Yo le digo que me llamo Luis y ahí queda la cosa. Nos despedimos con un beso corto en los labios, cuando cierro la puerta, saboreo el beso con la lengua y me pregunto, ¿seré homosexual?

De siempre, de toda la vida, me habían inculcado los valores clásicos del comportamiento del Ser humano y ahora me encontraba dando rienda suelta a mis inquietudes.  No sé si dar saltos de alegría o más, sentarme en el suelo y con la cabeza en las rodillas pensar y reflexionar sobre lo sucedido. Escucho de fondo la gente por el patio de luces, el murmuro no tarda en hacerse eco en la comunidad. Pero es algo ya tan cotidiano que no le doy ni la menor importancia. Así que guardando la servilleta en la cartera, me pongo a hacer la comida. En un momento, en un instante miro otra vez al umbral de la puerta y me parece ve la silueta de Rodri y esbozo una sonrisa, al mismo tiempo que mi corazón galopa y me tiemblan las piernas. ¿Me habré enamorado?, si es así, caray sea, que sea así.

Pasa el fin de semana sin ningún tipo de novedad, solo el papel del hombre del pub sigue debajo del cenicero de la mesa del comedor y permanece ahí inmóvil. Yo me muevo, pero poco, solo por casa, es ya domingo y hoy es día de descanso. Por la contra hoy hace sol, no hay ninguna nube amenazadora y ello me alegra y me salgo al balcón y tomo asiento en una de las butacas que tengo. Cigarrillo en mano, miro para dentro, miro el cenicero y miro el papel, me adentro en los mares de la incertidumbre y cogiendo el cenicero, hago trizas el papel. Yo no me lo creo, no me siento así, no puede ser, yo, que siempre he ido alardeando de truhan y mujeriego, resulta que voy a ser gay. No lo sé, en verdad no lo sé, soy un mar de dudas, seré lo que seré y no le daré más importancia, todo ocurrió muy deprisa y más el corazón. ¡Joder!, parecía que se me salía del pecho, solo el pensarlo me provoca una erección y me doy cuenta que siento cosas que eran inimaginables para mí.

Quién dice lo que está mal y lo que está bien, ya no somos niños a los que deban regañas, somos lo que somos. Yo he descubierto algo en mí, algo tan especial que es difícil compartir, lo llevaré en secreto, como si de un oscuro deseo sexual se tratase, seguiré caminando, seguiré deambulando por la madrugada barcelonesa entre las calles y las avenidas llenas de bares de ambiente. Quién sabe si llamo a Rodrigo o solamente lo dejo pasar como mi primera vez. Ha sido todo un descubrimiento para todo aquello que me alberga en lo más profundo de mi corazón. Ahora entiendo porque para mí, las mujeres eran solo un juego, un disfrute de aquello que con toda mi humildad no me llenaba ni me llegaba a enamorar, ya que mi orientación es otra. Me enamoro de los hombres, es más no sé si de este estoy enamorado. Solo el destino y el transcurso del tiempo lo dirá, solo aquel que toca el violín dentro de mi cabeza hará sonar la sonata del verdadero amor. De aquel que te lleva a tocar la cabeza con el techo y las nubes con la punta de los dedos, quién sabe. A saber

Pongo un poco de música de la radio, hago que escucho lo que no quiero escuchar o no escucho a mi corazón, radio del sentimiento dime tú qué sabes, como es posible que a estas alturas encuentre dentro de mi interior todo aquello que era oculto hasta hoy. Como puede ser, como puede ocurrir que un día sea uno y otro día sea otro. Me voy, me dirijo al lavabo y mirándome al espejo, encuentro el mismo parecido con aquel truhan de buscar para una sola noche. Con los hombres no me pasa igual, busco algo más que un simple disfrute carnal. Radio, dime tú que eres yo, ¿qué es el verdadero amor?

¡Caray!, si lo sé. Es el despertar con la misma persona cada día y desear que se repita el próximo amanecer, y el otro y el otro. Hasta que por vejez nos separe aquello que es de ley para todo Ser. Pero no me digas, no me mientas, que soy más frágil de lo que imaginaba y no busco un simple amigo, un amigo de copas y albedrío. Busco un amigo, un amigo especial con el que compartir las largas noches, ya sea de verano o de invierno, ya sean en primavera o en otoño, que todo florezca y que no decaiga,  que todo sea como un huracán que vuelve, que sea como una borrasca que no termina de enviar rayos y relámpagos, que no deja de galopar mi corazón como si fuese un caballo en plena carrera.

La semana pasa lenta, muy lenta, es miércoles y no puedo evitarlo y cogiendo primero el móvil y luego la servilleta guardada en mi cartera, marco los números del teléfono de Rodri. Suenan cuatro tonos, al quinto, cuando estoy a punto de colgar me contesta.

–       ¡Hoola!, ¿quién es?

Estuve a punto de colgar, pero no lo hice, estuvimos más de media hora hablando y riendo, mañana es jueves, así que quedamos en un bar cercano para el viernes. Que dos días me quedan que pasar sin saber realmente que pasará. Solo la Luna hará de testigo, una cena, unas copas y quién sabe después. Por si acaso, pondré sábanas limpias, por lo que pudiera pasar, porque algo acontecerá y será el principio de un bonito despertar.

1 comentario en “Amores en el anochecer”

  1. Esa primera vez, bonita y desconcertante.
    Salirse de los parámetros siempre es chocante, pero al fin y al cabo solo nosotros mismos podemos decidir lo que mejor nos conviene.
    Me alegro de que te deshicieras de esa fachada de “truhán y mujeriego”.
    Esconder es símbolo de no aceptarse y tú te aceptaste en cuanto lo experimentaste.
    Otros lo llevan fatal por presiones externas.
    Me alegro que no fuera tu caso.
    Un abrazo.

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