Maldita verdad

Llueve, llueve a cántaros, los limpiaparabrisas no dan abasto y los cristales se me empañan del vaho y por el contraste de temperatura. Llevo comida, mucha comida y bebida para pasarme una larga temporada refugiándome de todo y de todos. Voy en busca de un hotel barato y cercano, mientras que sea limpio y discreto ya me vale, lo quiero llevar de manera clandestina. Sigo conduciendo, los relámpagos se suceden casi al instante, los truenos replican en la chapa de mi viejo automóvil, que voy a hacer, no puedo correr a más de sesenta. A veces me pregunto, ¿porqué, tuve que ir a esa fiesta con tanta gente?, ahora, ahora después de cinco días me lo pregunto, maldita gracia.

Poca información o poco interés puse yo en el tema, no me he saltado ninguna norma, todavía no había nada marcado y nadie había dicho nada de la gravedad del asunto. Todo es relativo hasta que te sucede, entonces y solo entonces tomas conciencia de que la muerte la tienes cerca, como de cerca que veo un hotel de carretera. Ya no llueve, hace una tregua conmigo y me hago de fuerzas de valor y entro al edificio. Se ve sencillo, pero limpio. Tapándome la boca de manera disimulada le pido una habitación, solo me pregunta por cuántos días, a lo que yo le respondo para varios. Hecho, enseño mi carnet y paso mi tarjeta, ya estoy adentro. Voy por las bolsas de la compra, me subo a la habitación número 313. De ella no pienso salir, así que coloco el “no molestar”, y me voy directo a la cama. He llegado justo a tiempo, ya no podía más, ya era agotador.

39 grados y subiendo. No, no es el calor de la calle, es la temperatura de mi cuerpo, salta una alarma en mi cabeza, tengo que orinar, mareado entro al cuarto de baño con ganas de vaciarme. Es tal mi mareo y mi flojera, que temblándome las manos, va todo afuera. Maldigo, ahora maldigo, pero me vuelvo a la cama.  Tiemblo, sé que lo conseguiré, sigo en la misma habitación de hotel, soy un poco cabezota, pero tampoco hay mucho que hacer, es superar o no la crisis. Vagabundeo por los mundos de los muertos, me creo ya uno de ellos, ya me saludan, ya me dan la bienvenida, aunque no veo a nadie cercano. Solo siento una voz que me susurra…

  • Ven, ven conmigo. Te voy a mostrar el mundo que no puedes imaginar ni en sueños.

Todo es oscuridad, solo luces de colores, como pelotas de tenis flotan. Si llegas a fijarte bien, dentro de la pelota está la imagen, la imagen de la persona ya fallecida. No hay más, todo es un mar oscuro y negro, donde la única luz eres tú y los demás. Me veo ya fuera de este mundo, cuando de pronto vuelvo y 38 grados marca la frente. Me siento con fuerzas, pero cuál es mi sorpresa al mirar el móvil, han pasado cuatro días, cuatro noches y cuatro días. Sonrío sin darme cuenta, sonrío porque estoy venciendo por una vez a la muerte. Tengo bebida y comida, todo es querer. Maldigo al bicho por matar a tanta gente y me alegro por aquellos que han superado la enfermedad.

  • Tú te crees que tengo el corazón roto, no hay nada más lejos de la realidad, yo solo me siento hastiado de ver como todo a todos les da igual, que no unimos fuerzas, para combatir algo que parece fuera de la realidad.

Algo dentro de mi interior me habla y me dice, dejándome del todo asustado.

  • Yo soy aquello que todo el mundo quiere matar y no lo conseguirán, soy un Ser microscópico que es difícil de destruir, por mucho que el planeta lo intente no lo conseguirán, yo soy muy pequeño pero muy grande de fuerza.
  • ¿Con que derecho te crees a entrar de esta manera en la sociedad, con que inmunidad te crees, que estás acompañando al de la guadaña?, yo por un amigo soy capaz de dar mi sangre, pero no en los campos de batalla sino en los hospitales de campaña. Tengo yo más inmunidad que tú y conmigo no podrás.
  • ¡Ja!, ya verás. El mundo, el planeta entero será dominado por los animales, todo el resto quedará desértico y no será dueño nadie de nada y el dinero tendrá el mismo precio que el del papel de fumar.
  • No te lo creerás ni tú mismo, estás dentro de mí y yo te expulso. Aunque, cierto es, que no consigo matarte. Estornudo y solo consigo que sea otro el portador, todo por no saber cómo luchar contra ti, pero lo conseguiré.

Desde un pequeño hotel de una ciudad pequeña, me aíslo, me confino no por miedo de mí sino del resto de la población, vaya que sea culpable de algún contagio. No hay nada que hacer, la fiebre sube y me tumbo en la cama, no quiero ni enfermeros ni hospitales, de esta salgo yo solo por mi cuenta. Soy cabezota y duro de pelar, contra mí no va a poder tal minúsculo Ser. Aunque cierto es que me veo entre mis sueños, me miro en algún espejo imaginario y me veo vestido de negro para la ocasión, espero y deseo que este no sea mi réquiem ni mi última voluntad, aunque si así fuere no pasaría nada, la vida seguiría transcurriendo, seguirían maldiciendo algunos y otros bendiciendo, quién sabe el lado que me toca vivir.

Es imperdonable, no tiene perdón que algo pase así, en un mundo avanzado, aunque nadie se acuerde de aquellos que han muerto en África u otros países menos desarrollados. Yo solo, en una habitación de hotel, solo me queda que superar la cuarentena. Quizás quince días, quizás treinta, pero hasta que no me vea capaz de ir a un centro de salud no saldré de la habitación.

Yo, que he sido maquinista de tren, no me acostumbro a ir en el vagón de cola. Yo, que he sido piloto de avión, me veo ahora en tierra trazando el aterrizaje con banderas de colores. No me quiero imaginar, cuando ya no sirvan ni mis años y ni mi experiencia.

Mientras escucho cierto tema musical, yo os digo, yo os cuento, que ninguno de mis sueños se ha cumplido o quizás sí. Yo nunca quise casarme y no me casé, nunca fue tener hijos mi objetivo y no los tengo. Pero hay otras cosas, otros detalles que quizás el tiempo ya se me ha pasado. A lo mejor no, quien lo sabe, todo es un suponer, todo es un sin saber. Como tomarse una cerveza sin alcohol, solo una, nunca apreciarás el verdadero sabor del lúpulo y la cebada, pero solo una. No muchas, porque el paladar es sabio y siempre te pedirá más y sucumbirás en tu propia destrucción.

Yo no creo en religiones y casi soy lo que no quiero ser, una persona solitaria con el único placer de la escritura. Todo es blanco, todo es negro, no hay colores, no hay versos bonitos que decir al oído de la persona amada. Todo por haber sido partícipe de una religión que ni me va ni me viene, yo, simplemente soy yo mismo y quién sabe si es solo mi egoísmo, pero no paro de escribir. Quiero que todas las palabras, que todas las frases elocuentes sean mías y solo mías. Yo nunca he sido mujeriego, yo nunca he sido un señor, toda una persona respetable hasta hace poco. No fue una luz, pero fue una revelación, fue todo un acontecimiento al ver como mi cuerpo se desdoblaba y formaba mi Ser en dos.

Para qué sirven las guerras, para qué sirven todo el armamento que han inventado cuando estamos siendo invadidos por algo microscópico que nos lleva a la muerte. Todo se pinta de rojo o de negro,  hay quién no se da cuenta, hay quién lo supera, otros, los menos afortunados simplemente van al crematorio. No hay velas, no hay despedidas, para qué. No dejan, no hay posibilidad de dar el último adiós a la persona querida.  No hay peor llanto que aquel que no se hace en compañía, al menos decir un hasta luego, hasta dentro de unos años, cuando nuestras almas se vuelvan a encontrar en el otro lado. Ya nos dimos cuenta que tanto ejército ya no es necesario, pero eso es otro cantar. No hay peor bomba que aquella que ni se ve ni estalla, porque ya ronda en el aire y en todo aquello que tocamos.

Yo me imagino un mundo en paz, sin enfermedades, ¿es posible? Sin hambre y todo el mundo bailando por la noche, para festejar el derecho a la vida, el derecho a no sucumbir y que nosotros somos tan inteligentes que podemos el no rezar, sino combatir contra aquello que es real y no nos deja vivir en paz. Para qué sirve el dinero o la jerarquía si es dichoso Ser microscópico no entiende de esas razones, vivir, correr cogidos de la mano de vuestra pareja y no os soltéis hasta que hayáis alcanzado el horizonte. Todo es así, lo conseguiremos, todo se consigue.

Queridos amigos, yo no me olvido de vosotros, habéis estado siempre cerca desde la lejanía. Todo es eso, no hace falta estar acompañado para no sentirse solo, solo y deprimido. Deprimido por un sociedad, que ni te tolera ni te da esperanzas, pero que hoy cogiéndome a un hierro ardiendo, a riesgo de quemarme, quiero dejar atrás ciertas cosas, ciertos hechos, que no hacen más que martirizar al más fuerte.

Dando un golpe en la mesa me levanto de la silla que tengo en la habitación, una habitación que es mi fábrica de sueños e ilusiones, pero también de dramas y frustraciones. Todo por el todo, al final la apuesta es la vida, nada más y nada menos que la vida misma. Una que se me niega el derecho a vivirla, todo por no ser igual o al menos eso dicen ellos.

Avionetas cruzan el cielo soleado de un domingo de Pascua, todo son rezos y lloros, por alguien o algo fabricado en madera. Todo depende de cómo se mire nada ni nadie existe y nosotros, nosotros estamos de paso, un paso que se aligera contra más va pasando el tiempo. Es un tren de cercanías que al final se convierte en un avión o quizás mejor al revés, ya que al ver que los sueños que están en las nubes no se cumplen, bajas y bajas hasta que al final andas por los carriles marcados por la sociedad.

Si yo me muriera alguna vez, espero y deseo que sea la definitiva, ya que otra como la que vivo ahora, no quiero. No quiero ver lo que veo ni vivir lo que vivo. Lo que veo, por una sociedad intolerante y egoísta, y vivir, vivir dentro de ello, sin poder alejarme como no sea en mi refugio personal, allí adónde el Sol no entre y me domine la oscuridad.

Todo tendría que ser hermoso, todo tendría que ser grande y bonito, bonito como el amanecer desde una playa o el atardecer, cuando el Sol se esconde detrás del pico de una montaña. Todo es todo, yo no me considero ni feo ni hermoso, simplemente uno más y no por ello y aún fuera feo o de otro color, merezco el mismo trato y respeto que los demás. Uno, es cierto puede cometer errores, errores de juventud y no por ello estar marcado para el resto de la vida. Dos, quién sabe si al despertar uno se queda perplejo y atolondrado de ver como es todo en verdad, en como gira la rueda de la humanidad, que no es otra cosa que el de uno de los vagones del tren de la vida.

Toc, toc, toc. Siento en la puerta de la habitación. Siendo un poco más hábil que otros días, abro la dichosa puerta. Cuál es mi sorpresa, es la conserje del hotel…

  • Todo bien, señor. Me pregunta, echando una mirada por encima a todo aquello que me rodea.
  • Sí, señora todo está bien y estoy muy contento. Le respondo rápido.

Se marcha con la mosca entre las orejas, no entiende que he estado cuatro días sin salir, no comprende que a veces hay situaciones especiales a las que hay que hacer frente. Todo va bien y es cierto, ya me siento más animado, tanto que me siento en la mesa y escribo todo lo que presiento e intuyo que no es otra cosa que la salvación.

Pasaron muchos días, quizás fueron tres semanas, pero ya no podía desplazarme, así que llegando un acuerdo con la dueña, me quedé hasta que ha acabado todo o al menos por ahora nos dan un respiro. Quién sabe cuánto durará, lo que si me he dado cuenta es mis ganas de vivir, de haber vuelto a nacer y me siento afortunado de haberlo pasado solo. Con mis propias defensas, tengo la suerte de mi propia juventud y mi mala idea de creerme invencible. Eso no concuerda, pero por esta vez ha salido bien. Ya echo unas risas por el hall, ya espero que todo termine, y pagando lo que se debe marchar a mi casa, en otra ciudad.

Han levantado las prohibiciones, han determinado que lo peor ha pasado, así que tranquilo, conduzco ahora con un día soleado y el cristal de la ventanilla bajado. Otra visión de futuro, otra manera de ver las cosas me llevo y con ellas las máximas ganas de querer vivir, pero vivir, no dormirme y no pensar en el mañana, porque el mañana es hoy y hoy es el presente en un instante.

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