Y se abrieron las puertas del infierno

Esvásticas dibujadas en el cielo, muerte y hambre en la Tierra, trenes en donde se agolpan

aquellos que huyen de lo que es verdaderamente el infierno. Bombas, disparos a la

sociedad sin ningún tipo de contemplación, es lo que es el devenir de sobrevivir o intentar

huir de ciertos lugares, los cuales ya ni se mencionan ni son noticia. No es que haya

llegado la paz, es que han quedado en el olvido y ya nadie se acuerda de aquellas zonas

donde la suerte se tiñe de rojo. Todos aquellos que han perecido de forma cruel, se le

manifiestan a Diógenes en alucinaciones auditivas, en sombras pintadas de color

sangriento en la pared. Todo por aquello que no puede ser más cruel y todo por culpa de

aquello que viene derivado de aquello que se llama fe, pero en verdad es ansia de poder.

¿Cómo saber si realmente están de su lado o solo le quieren torturar?, cuando él ha sido

y es una persona ejemplar.

Para él Dios no existe y quizás para mí tampoco, todos aquellos que sufren de alguna

manera algún trastorno mental, es por la sencilla razón de que han despertado. Despertado

de un largo letargo, algunos quizás después de veinte años. Que no son perdidos,

simplemente son vividos de otra manera, con unas ideas diferentes. El despertar, solo el

despertar, les lleva a pensar de vez en cuando en la muerte. En la muerte, cuando esta es

solo un tránsito, un camino a seguir. Sirven de puentes de dos mundos paralelos, en la

que la única distancia se corta a ras como una cortina transparente.

Hay quienes mueren de ancianos, como marca la ley, una ley que no es igual para todos,

ya que para muchos la visita de la guadaña les viene antes, mucho antes. Pero, en fin, es

solo un tránsito, creo que es mejor que ver como el cuerpo se oxida y no podemos valernos

por nosotros mismos. Diógenes, termina su paseo, es sábado y ya son las ocho de la tarde,

el Sol se despide hasta el día siguiente.

“Que se caiga la muralla de China si hace falta, si con ello llego a una explicación de

mi situación. Voces lejanas escucho, entre susurros me hablan. Dicen que esto es amor,

dicen que el verdadero querer y el verdadero libre albedrío viene después de la muerte.

Espero tardar en saberlo, deseo quedarme con ellos, con mis amigos imaginarios, con

aquellos que me hablan a medianoche y son los culpables o son los generosos de hacer

ver la realidad real, la pura y simple realidad, de que todo es energía y esta funciona

mejor siendo feliz”.

Cada grano de arena, cada montaña de granito es la que le hace subir la cuesta de la vida,

mientras Diógenes sigue sin ver el rumbo. Yo lo intento, lo intento ayudar, pero no se

deja., no sé cuál es el motivo o quizás sí que lo sepa. Pero ya mismo todo se acaba y

empiezan a caer las primeras hojas caducas de los árboles. Sigue caminando hasta que ya

en casa se prepara la cena, cena para uno. A veces y solo a veces, se mira en el espejo del

baño y llora, simplemente llora y se le quitan las ganas de seguir adelante.

“Jack Daniels”, botella que ve en el armarito del mueble del comedor. Le tienta, no puede

evitarlo y se aferra a la botella a morro. Son primero dos pequeños sorbos, seguidos de

dos grandes tragos. No quiere, desea ser fuerte y en un acto de valentía o de cobardía, la

estrella contra la pared. La hace añicos, trozos de cristal por todo el suelo y la pared queda

manchada de forma que resbalan el líquido elemento de ella. Todo el whisky que queda

en ella impregnada es absorbido por el yeso y parece que borracho le habla…

– “Tú, Diógenes. Serás lo que yo quiero que seas, porque ya me perteneces. Soy tu

voz, fíjate en lo que acabas de hacer. Me he aprovechado de ti y tú me lo pagas

con una botella de whisky, agradecido quedo, no pienses que todo quedará así, ya

volveremos a hablar. Ahora debo saborear el líquido elemento y darme el gustazo

por una vez.

No hay motivo por el que llorar, solo hay un motivo por el que luchar, todo es como es.

La cordialidad y el respeto, es lo que debe imperar en una sociedad tolerante y abierta.

Acaso, la locura más grande que puede sentir el Ser humano, es saber de qué está vivo y

que la muerte le acecha en cualquier esquina. Todo es posible y todo es incierto, una

sombra en la noche, una mancha de rojo en la pared es lo que imagina ver y casi le da un

infarto del espanto. Se tranquiliza, se lleva la mano al pecho, el corazón galopa y la

ansiedad le domina la respiración, hasta que llega un momento que le da por toser y el

toser a vomitar. Ha hablado con una sombra del ayer, ha estado cara a cara, será normal

o será que no puede ser real. Directo al baño, vomita todo lo que lleva dentro, que no es

más que los nervios y los sofocos y de un despertar tardío. Mira el vómito y tira de la

cadena, se lava la cara con agua fría, se moja hasta la cabeza secándose después con una

toalla pequeña. Se mira y se mira en el espejo del lavabo, abre entonces el armarito, dentro

una cajita con pastillitas de color azul, pastillitas que él llama “de la felicidad”. Cogiendo

una se la toma dándole un trago al agua recién salida del grifo del lavamanos. Una pastilla

tan pequeña como una lenteja, pero que le calma y le ayuda al rato, a poder probar bocado,

sin antes no poder olvidar que las voces siguen siendo aún presentes y eso no sabe si le

ayuda en su soledad o le acabará desquiciando más. Esperando que no llegue a tal término,

come despacio, respira y respira, hasta que termina casi sin aliento, recoge la mesa y

llevando el plato a la cocina lo deja en el fregadero.

Se enciende un cigarrillo, es lo que verdaderamente le calma, se lo ha ganado, situaciones

amargas, soluciones relajantes. Todo es lo que es y no pasa nada solo que son las doce de

la noche y no duerme ni tiene intención de hacerlo. Solo el run-run en la cabeza, le

martillea como si fuese con una roca. Sentado, mira fijamente a la pared, no hay nadie

nuevo, solo la mancha teñida de whisky es lo que hay, solo el respirar, ese sonido le hace

ver y sentir de que está vivo. Todo es como es, en una soledad compartida, no hace ruido,

pero yace ahí el amargo sabor de la esclavitud de la vida.

Tic tac, son las once de la noche, falta poco para que sea un nuevo día, una nueva

madrugada y se dice para sí mismo, “seré rápido, seré elocuente y no dejaré que la

dichosa situación me domine”.

Diógenes, anda despacio por su piso, camina sin rumbo dando vueltas por las habitaciones

vacías de almas a las que querer, quemando su vida en cigarrillos liados a mano uno a

uno. Todo es un divagar, todo es una reflexión, a sus cincuenta años ya da por perdida

alguna que otra batalla. Todo por ser diferente, no por condición, raza o sexo, si no por

tener una manera de ver la vida que no es la habitual. Lo tachan de loco, lo tachan por

enajenado mental, que pierde rápidamente los estribos y es que ya está escamoteado de

tantas injusticias. Que ahora camina solo, ya no le salen los amigos de debajo de las

piedras. Ya no hay invitación a cervezas y a tabaco, solo el tener una buena charla le

tranquilizaría los nervios, pero eso, eso es fácil decirlo y difícil tenerla, si no es con la

compañía de Jack, la botella.

Tres meses en un hospital tiene la culpa o la culpa la tiene él, quien lo sabe. A saber. La

cuestión es que se ve solo, en la más absoluta soledad sin más amigos que aquellos que a

veces le susurran a escondidas, ya que nunca ha conseguido verlos, pero sabe que existen

y están ahí.

De todos es sabido que, si verdaderamente existiera el cielo, ya estaríamos viviendo

actualmente en un verdadero infierno. Aunque no hay que olvidar, que hay lugares, países

adonde no se sabe dónde sí se vive de verdad. No todo es amor en la Tierra, existen

lugares a donde las voces son reales, al igual que los disparos y las bombas. Huyen como

pueden, algunos lo consiguen, otros no, que se puede hacer. Con que no le vengan a él

con Dios, porque no puede permitir ese trato a la humanidad y esa situación en el mundo,

un mundo que está abocado a su cruda realidad, que no es otra que aquella que todos

sabemos.

Tic, tac, son las doce de la noche y sigue con su paseo, es un primer día de otoño y todavía

el calor aprieta según qué días. Todo es un sudor bien recibido, ya que despeja de alguna

manera sus ideas. Abre las ventanas del piso, el aire todavía caliente entra en él, no sabe

o no puede respirar, sigue con su paseo, su paseo por un piso vacío de almas y lleno de

voces. A cada cuál más alta, a cada cuál más vacío, no sabe si asomarse en una de las

ventanas que da al exterior. Se lo piensa, se lo piensa y termina por hacerlo. Es un cuarto

y las ideas le vienen a la cabeza, como las voces auditivas que le susurran. En un acto de

valentía la cierra y baja hasta las persianas, pero no solo esta sino todas, todas, dejando el

piso en la más absoluta oscuridad. Todo aboca a la más absoluta desesperación, el no

poder comunicarse, el no poder asociarse le lleva a salir a la calle.

No dura ni cinco minutos más solo, baja las escaleras y se queda quieto en el umbral del

portal del bloque y piensa para él…

“Qué será de mí, porqué piensan esto de mi persona, están equivocados, yo no soy así.

¿Porque, la gente me mira con el rabillo del ojo, se me nota algo o estoy desvariando?,

quien esté libre de culpa que tire la primera piedra. Me canso, estoy cansado de que la

gente hable de mí, si no me conocen, ¿qué hacen hablando mal de mí?”.

Son años de soledad, carcomidos y con desgarros en el alma, en su yo personal, en toda

su personalidad. Le gustaría ser extrovertido, divertido y elocuente. No puede sé, no se

sabe el porqué, tiene que ser negativo, introvertido y desconfiado. Sube las escaleras, no

sube por el ascensor. Al llegar a su puerta, el corazón le palpita de forma que parece que

se le vaya a salir del tórax. Nada más lejos de la realidad saltan las alarmas en su cabeza,

no encuentra sus llaves, sus preciadas llaves. ¿A dónde llamar, a dónde acudir? No las

tiene todas con la vecindad, pero no le queda más remedio, son altas horas de la noche y

toca al timbre de la puerta del vecino, un vecino ya entrado en años, que más por sordera

que, por otra cosa, no le abre la puerta ni se asoma a la mirilla. Su cabeza, la de Diógenes,

empieza a carburar, empieza a hacerse notar, se palpa los bolsillos al mismo tiempo que

la ansiedad sube y con ello las fobias y las voces. No es nada nuevo, no es nada peligroso,

solo le queda sentarse en la escalera hasta que pase algún buen vecino que le deje llamar

al seguro.

Tic tac, pasan las horas, tantas que dormido se encuentra con la salida del Sol. Si fuera

eso nada más, tendría un pase, pero no es así. Le dan una ligera pequeña patada en la

suela del zapato y al ver la policía se despierta de golpe. Todo es una regañina, todo es

suave, tanto que al explicar lo sucedido, se palpa de nuevo los bolsillos diciendo que ha

cerrado la puerta y no ha cogido las llaves. Se palpa, hasta que uno de los agentes le indica

la cerradura de la puerta. No se lo puede creer, están puestas, se las había dejado con en

la cerradura. Diógenes les da las gracias, pero la policía desconfía y al no saber a ciencia

cierta que sea el dueño del piso, le piden el carnet. A lo que él responde que tiene dentro

la cartera, así que esperan dos minutos. Tembloroso, con las manos frágiles, les enseña

su nombre y dirección, así que la pareja se marcha, se alejan del lugar. Cierra la puerta y

empotrando la espalda contra ella, suspira.

“Jack, Jack, hoy para desayunar me acompañará Jack”, después ya tomará café y una

buena ducha. El corazón le palpita menos, todo es lo que es, maldita locura es la que tiene

este nombre. Todo quedará atrás, al menos eso piensa, las alucinaciones y las ansiedades,

todo quedará atrás. Pasa solo media hora, son las ocho de la mañana y quedándose a

oscuras en la habitación, se acuesta quedándose dormido en posición fetal. Como si fuese

otra vez un niño se queda o al menos lo intenta, no sabe o no quiere saber que el tiempo

no puede echar para atrás. Cuando se despierte, ya despertará y como una pesadilla verá

todo lo sucedido. No hay quedarle más vueltas, no hay que buscar ninguna puerta trasera,

todo es como es, maldita locura es a veces el despertar y verse viviendo en el mismísimo

infierno. Pero no hay otra, las cosas son así, conque bienvenido a aquel que viene desde el

otro portal o al menos eso pensará.

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