La palabra devaluada

El principal obstáculo para ser oídos y tomados en serio en primera persona radica en que se presume que nos falta, que carecemos totalmente de razón y de buen juicio. Y ciertamente nuestras facultades, en algunos casos, se ven afectadas por los síntomas y características de nuestros trastornos.

Sin embargo, es falso el razonamiento según el cual se concluye que TODAS las personas afectadas o con diagnóstico de salud mental carecemos de un sano juicio.

Partiendo de ese errado razonamiento se ejerce sobre nosotros un paternalismo o pseudo protectorado de hierro: todos los “sanos” se sienten competentes para hablar de nuestra situación y hasta en nuestro nombre. Y muchos de ellos, especialmente los más cualificados, se sienten en la obligación de protegernos y ser una suerte de intérpretes entre nosotros y el resto de la sociedad.

Hoy día el gran público desconoce que existen asociaciones de salud mental que hablan en primera persona, sin necesidad de protectores ni de intérpretes.

Debido a todo lo anterior nuestra palabra y nuestro razonamiento está, de entrada, devaluado. Ya que está afectado por una presunción de error. Se considera de antemano que debido a nuestro trastorno nuestra percepción de la realidad está tan distorsionada que no podemos decir nada con un mínimo de lógica y sentido común.

Incluso, quienes nos dan la oportunidad de expresarnos ante sus medios muchas veces tienen serias reservas respecto a nosotros. Y nos conceden la palabra, a veces, desde una condescendencia paternalista y casi ofensiva.

Tenemos que aceptar también que la particular situación de nuestras vidas, circunscritas al hogar, la familia, el trabajo en activismo moderado aún nos configura como un colectivo pasivo.

Nada que ver con el feminismo, los grupos antiracismo, las asociaciones protectoras de animales y los defensores de tradiciones como la caza, la tauromaquia y otras más.

“De todo se sale”, dice un dicho popular y de esta situación de pasividad también se puede salir.

Pasar de un rol pasivo a un rol activo es un imperativo existencial para grupos como el nuestro. Podríamos solicitar espacios en la prensa, hacer casetas informativas en el metro, seguir yendo a programas de radio y televisión; estimular a nuestros familiares y amigos para que, siendo conocedores de la situación, puedan apoyar nuestras actividades.

Podríamos poner cara a nuestro colectivo seleccionando, de entre todos, aquellas personas bien conocidas por la sociedad que han “salido del closet” y han manifestado con toda franqueza a los medios que padecen un trastorno.

Podríamos orientarnos sobre ¿cómo y de qué manera se arma una campaña? ¿cuáles son sus elementos? ¿qué recursos necesita? y ¿hasta qué punto puede ser llevada a cabo por grupos no profesionales en comunicación y marketing?

Y todo lo anterior debemos, o podríamos explorarlo de la mano de otras asociaciones y mesas de salud mental aportando y proponiendo ideas que combatan este síndrome social de la “palabra devaluada” en las personas con diagnóstico de salud mental.

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